octubre 12, 2008

El amanecer: I parte


No he logrado dormir en los últimos 3 días más de 1 hora y esta ocasión no es la excepción. Sentado a los pies del mismo abedul que me ha dado protección la última semana veo como comienza un nuevo amanecer; tengo hambre y aún estoy agotado por el día anterior.
No han aparecido los rayos de luz sobre las colinas, pero el canto matutino de las aves es la clara señal de que un nuevo día está por comenzar, las nubes cubren el cielo y el olor a sangre fresca de la batalla aún se siente fresca en mi nariz.

Todo mi cuerpo está cubierto de barro, barro mezclado con sangre, sangre de aquellos a quienes les arrebaté su vida por el simple hecho de ser de un clan distinto. Pero así es la guerra. Estos son territorios sagrados, territorios que nuestros antepasados ganaron derramando su sangre, la misma sangre que corre por nuestras venas y que debemos defender hasta el fin.

El gélido viento del norte ya no tiene efecto sobre mi, esta liviana pero gruesa capa armadura de pieles me cubre lo suficiente como para sobrevivir un tiempo más en el campo de batalla, ello sin contar con los brebajes que prepara Egil, que nos levanta el espíritu y nos permite luchar a pesar del dolor.

Al aclarar el día comienzan a divisarse las columnas de humo del campamento enemigo. No importa cuanto protejan su posición, el humo siempre los delata gracias a la luz del amanecer. Intento incorporarme pero un agudo dolor me lo impide, no lo había notado, pero aún tengo restos de lanza atravesando mi rodilla izquierda. Grito por ayuda y unos jóvenes vienen y me ayudan a levantarme.

Me toman pesadamente y me arrastran hasta la tienda de Egil, quien aparece sereno como siempre. No importa cuantos hombres haya matado ayer o en toda mi vida, su mirada siempre causa escalofríos. No sé si es por sus ojos pequeños bajo esa maraña de pelo rojizo o el hecho que esté siempre callado y con un paso lento pero firme.

Hace indicaciones para que me dejen en el suelo al lado del fuego. Me acuesto pesadamente mientras los jóvenes salen corriendo de la tienda, como si estuviesen siendo perseguidos por Loki.

Egil me da la espalda, no emite sonidos. Yo acostado sobre la fría tierra siento el dolor en aumento. Ya no es solo la rodilla, mi brazo izquierdo me duele, no por alguna herida, sino por el esfuerzo de llevar la espada, en tanto que el brazo derecho está lleno de moretones y magulladuras.

Cansado, adolorido y mareado con el acido olor que tiene la tienda de Egil, veo como este se da vuelta con un cuenco de madera y sin decir nada me lo acerca para beber. Con dificultad logro tragar la mitad de su contenido, el resto corre por mi barba y se mezcla con la sangre y tierra que me cubren.

Esta será tu última batalla, me dice. Lo miro sin lograr entender claramente a que se refiere pero sigo bebiendo. Ya sea que tenga que morir o que hoy termine la guerra no me importa mucho, sé que si muero ire a reunirme con mis antepasados y gozaré del prestigio de un gran guerrero. Así se me dijo al recibir mi runa guía, y así será al momento de partir al Valhalla. Tomo en mis manos la piedra rúnica que siempre me ha acompañado estos años y besándolo doy gracias a los dioses por su protección.

Si Odín así lo desea, así será, le digo a Egil mirándolo con los ojos fijos en los suyos. Solo se limita a mirarme y luego de unos segundos se da vuelta y sigue con sus pociones.

Me incorporo, ahora sin dolor y salgo de la tienda.
El viento sopla desde el sur ahora y nos favorece. Inhalo para llenar mis pulmones y exhalo con fuerza. Mientras el vapor que sale de mi boca se diluye en el aire siento mis brazos y piernas más fuertes que nunca. Camino hacia donde está mi grupo para dar las instrucciones del día.

Si he de morir, no será sin destruir a nuestro enemigo.

Foto de JStar